Milei no existe. Efectivamente, no existe. Así como están leyendo. No existe. No está. No tiene entidad o ser propio. No tiene sustento. Es un no ser. No ocupa espacio. No tiene peso. No forma parte del cosmos existencial en donde giran los astros mayores. No le afecta la gravedad, ni la radiación. No existe.
Milei es ficción. Es literatura.
Pero... ¡Ojo! No es un personaje
de literatura o un montaje. No. Es en sí mismo una construcción literaria del
lenguaje mismo, pero que tampoco tiene entidad de personaje vivo en un verosímil.
No. Es un rejunte lingüístico caótico que conforman una entidad real que gira
en el nervio de la esperanza y el temor.
La primera lectura seria entender
que hay dos Mileis. Uno literario, que es una construcción de redes, trols y cacatúas
con bancas senatoriales. Un presidente con poder, intelectualidad suprema, irascibilidad
rápida pero justificada, virilidad demostrada y ejercida, belleza física
posible con condimentos celestinos oculares, músculos y alturas marcadas, miembro
animalico y melenas abundantes, y un ejercicio magnánimo pero bondadoso del
poder. En esa entidad greco-divina, recaen los sueños de grandeza de incautos y
no tanto, y las esperanzas de una construcción soberana y maravillante, frente
a la destrucción de los doscientos años de kirchnerismo. El segundo es el que
contrasta, el que se filtra y se impone con la realidad física de su existencia.
Un hombre con evidentes y muy marcados problemas psicológicos, débil, con un cuerpo
promedio para sus más de cincuenta años, alopécico, perdido, ignorante, necio, vacío
de contenido, violento, sensible e inestable, estupidizante y con cientos de
complejos; y todo ello no significa nada, ni importaría, pues el objetivo no es
estigmatizar ni discriminar, sino fuese por su contraste y, principalmente por
su ejercicio de gobierno. Milei es cruel, banal, vago, materialista, no tiene
piedad por los mas débiles, no manifiesta remordimiento, no tiene ningún tipo de
entendimiento de la vida cotidiana, no le importan los jubilados, los
discapacitados, los argentinos en general. Tiene una megalomanía vacía que lo
ciegan del ejercicio de gobierno. Es un ente de crueldad inimaginable, que está
en el rol presidencial, por ese anti peronismo suicida que impusieron los medios
y el establishment.
En este sentido podríamos decir
que “el poder”, si es que se puede llamar así, construyó un Milei
literario, el amado ser de luz, que es el mascaron de proa de la conversión
nacional en Republica de Bananas. Y después hay uno verdadero, corpóreo, el Milei
de los encierros, que vive en Olivos en un cumpleaños creyendo que
gobierna...
Pero no. Hay que ir más allá. Ni
el Milei de redes ni el real existen. En primer lugar, no hay tensión entre esas
dos categorías. Hay un solo Milei. No son dos entes en constante pugna discursiva.
No. Hay uno solo, en una armonía perfecta y estable, puesto que esa tensión es también
fantasiosa. Siempre fue el mismo, único e irrepetible. Siempre ejerció el mismo
rol de panelista violento e ignorante, que maltrataba mujeres, insultaba a
propios y ajenos y daba discursos de bibliografía apócrifa o de bidet; y los
sigue siendo a día de hoy. ¿Dónde está el cambio? No fuimos engañados, está
exactamente igual al primer momento en que le dieron un micrófono. Jamás cambió.
Es uno solo al principio... y lo es ahora, en el cojincito de Rivadavia.
Pero aún ese personacucho patético
y triste no existe.
Milei no existe. No hay nadie en
redes, es una entidad vacía de significado. A ver, resultaría evidente o posible
(por ahora) que hay una entidad física con nombre y apellido Milei en algún
lugar de Argentina. Pero esta entidad no es Milei. E incluso dudo de que exista.
Milei, el verdadero, es un conjunto de valores, palabras y temores o
esperanzas comunitarias que se encarnan en la sombra de un payaso mediático
anodino y triste. Ni tiene entidad de personaje, porque si lo fuera sería apoyado,
admirado y votado por lo que es. Pero no, es sostenido por lo que no es. Tanto
por los ladrones allegados como los votantes convencidos. Su entidad es un
hueco en el que se cargan características propias o deseadas, y se le trata de
dar vida a ese ser, para que ejerza poder, con resultados pobres.
Si fuese un personaje de ficción (en
tensión con un ser real) estaría vivo. Como lo están tantos políticos. Tendría
significación, lenguaje y mitología propia. Pero Milei no lo tiene. Es un no
ser. Una entidad vacía que absorbe luchas dialécticas y discusivas ajenas para
terminar en la nada. En un ahogo olvidadizo. Dígase, el temor y el amor a
Milei, existe, es real. Pero el personaje no existe. Es una construcción literaria
que utilizamos para no ver la verdad. Que el poder lo tenemos nosotros. Que no deberíamos
temer. Que nosotros somos lo que creemos y debemos ejercer ese pensamiento.
Milei no existe. Es una metáfora.
Un chiste literario que nos ciega del concepto elemental de política: El
Bien Común. Por eso Milei puede ser el superhéroe libertario, el leperchaun
de feria, el intelectual de la academia europea, el payaso ignorante de America
Tv, el títere del poder, el estadista peronista (sí, hay quienes piensan que
Milei es el sucesor de Perón), el heredero de Alberdi, el encerrado en su cárcel
de redes, el ultimo rey de los macabeos (doy fe de que conozco personas
que lo han llamado así), el gatito mimoso del poder, el león de Judah, o el plagiador
serial de libros y artículos y que no haya tensión. Todos estos títulos no son
contradictorios, son armoniosos, estables y reflejan lo mismo. Las proyecciones
personales, los dilemas humanos y las construcciones simbólicas propias.
Milei es literatura abierta en
estado puro. Es un poema que se escribe entre todos los integrantes de la comunidad
y que se lee a voz alta entre los decires y no decires de las discusiones políticas
ejercidas y/o evitadas.
Por eso no se puede deconstruir a
Milei. No existe una contra cara o un contra relato. Esos mismos conforman su
propia significación. Entonces ¿Cómo destruimos semejante entrelazado lingüístico?
Como se mueren todos los libros... se cierran. El no ser de Milei, se combate
con el no ser mismo. No hay que ejercer la significación literaria de Milei, no
invocar su nombre, no llamar a su puerta, no darle una entidad, porque no la
tiene. Su símbolo vive en tanto, lo carguemos de simbolización. Pero si respondemos
con la nada, nada quedará.
En una reflexión algo teológica podríamos
concluir que lo correspondiente es buscar la nada. Y que esa nada vaciará (desnudará)
de entidad a eso que no tiene ser. Y ese camino, el de la nada, es, en efecto, el
camino del ser.
Citando a Eckhart: “-`Pablo se levantó del suelo y,
con los ojos abiertos, nada
Veía`. No puedo ver lo que es uno. Él nada veía y eso era
Dios.
Dios es una nada y Dios es alguna cosa. Lo que es alguna
cosa
también eso es nada”.

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