lunes, 11 de diciembre de 2017

A Deus

 
 A mi amigo. 
 
 Allí estabas. Caminando toscamente, un poco por la incomodidad de tu vestimenta y otro poco por puro teatro. Mientras imitabas los pasos de los pingüinos, sostenías un cigarrillo encendido que pitabas sin talento, ni conocimiento. Tres veces intentaste apoyar tu cuerpo en un poste y tres veces erraste. Sin embargo en el aire te recomponías haciendo gestos bruscos y poco elegantes, propios de algún Chaplin o Buster Keaton. Varias carcajadas derribaban el silencio matutino de la ciudad sureña, y tu respondías esa alabanza con algún insulto porteño, verde y desatinado que terminaba por despertar a la señora que debía hacer las compras y mandados pocas horas después.

 Mientras el cigarrillo se extinguía en tus dedos, un sol invernal destrozó el manto negro que cubría tu cabeza. Y esa fue la señal que marcó el “fin del acto”. No hubo más risas, ni carcajadas, solo silencio. El púbico vio el cielo y supo que algo había cambiado, algo sustancial. Pero aún así, allí estabas. Seguías riendo, jugando, imitando. Jamás desarmaste tu puesta en escena.

 Esa mañana todos caminábamos cansados, aplomados, lentos y agobiados por la madurez. Tú seguías saltando y saltando, mirando el sol como quien no lo ha descubierto.

 A ti, amigo mío, te dedico la risa más alta y molesta que emerja de mi pecho. A ti te dedico el canto desafinado, la voz quebrada, el insulto burdo, la cerveza derramada y la quemadura de cigarrillo. A ti, y solo a ti, te dedico la payasada que avergüenza a mi madre. Y a ti, mi gran amigo, te dedico el fracaso y el error; y doy gracias a Dios por fracasar y por haberte conocido. 
 


Elegías personales. (Esmoris)

Amigo E. te perdiste la fiesta de la vida.
La simple vida
con sus soles fuertes
y sus lluvias tristes…
La vida con sus labios dulces y sus palabras graves,
con sus historias paradójicas.
Te perdiste la fiesta de la vida
con sus largos dolores y sus gozos profundos,
con sus eternidades nunca eternas,
sus mares esquivos,
sus vientos fugaces,
con sus leyes caducas
y sus fuegos de artificio.
La vida,
la que tenías para ti y para todos.
Amigo E. te perdiste el festival
de las horas y los años.
Acaso te otorgaran
un sitial azulino de esplendores
que sin duda gozas y mereces.
Pero no te perdonas
ni te disculpamos
la fiesta de la vida.
Te perdiste esta gloria de un instante
que era para ti
en este mundo.
 Pablo Schipani













viernes, 8 de diciembre de 2017

Mi Señora


 Ante ti, mi Señora. Ante ti me rindo. Ante ti caigo desesperado y beso el suelo que pisas. Más no hay palabras que pueda decirte. Mejor que otros hablen. 

¡Ay ronda, ronda, ronda
de la Virgen pequeña
y su barca!

La Virgen era pequeña 
y su corona de plata.
Amarillitos los cuatro bueyes 
que en su carro la llevaban.

Palomas de vidrio traían
la lluvia por la mañana.
Muertas y muertos de niebla
por las congostas llegaban.

¡Virgen, deja tu carina
en los dulces ojos de las vacas
y lleva sobre tu manto
las flores de la amortajada!

Por la testa de Galicia
ya viene saludando el alba.
La Virgen mira hacia el mar
desde la puerta de su casa.

¡Ay ronda, ronda, ronda
de la Virgen pequeña
y su barca!


Romance de Nuestra Señora de la Barca, Federico Garcia Lorca



La campanada blanca de maitines 
el seráfico artista ha despertado,
y al ponerse a pintar tiene a su lado 
un coro de rosados querubines. 

Y ellos le enseñan cómo se ilumina 
la frente, y las mejillas ideales 
de María, los ojos virginales, 
la mano trasparente y ambarina. 

Y el candor le presentan de sus alas 
para que copie su infantil blancura 
en las alas del ángel celestial, 

que, ataviado de perlinas galas, 
fecunda el seno de la Virgen pura, 
como el rayo del Sol por el cristal. 

               La anunciación, Manuel Machado. 















(El último video es un Salve Regina en Canto Gregoriano. Las imágenes y el título que eligió el autor del video son ilustrativas, pero con poca relación con el canto.) 


miércoles, 11 de octubre de 2017

Triste España Sin Ventura


Triste España sin ventura,
todos te deven llorar.
Despoblada d'alegría,
para nunca en ti tornar.

Tormentos, penas, dolores,
te vinieron a poblar.
Sembróte Dios de plazer
porque naciesse pesar.

Hízote la más dichosa
para más te lastimar.
Tus victorias y triunfos
ya se hovieron de pagar.

Pues que tal pérdida pierdes,
dime en qué podrás ganar.
Pierdes la luz de tu gloria
y el gozo de tu gozar.

Pierdes toda tu esperança,
no te queda qué esperar.
Pierdes príncipe tan alto,
hijo de Reyes sin par.

Llora, llora, pues perdiste
quien te havía de ensalçar.
En su tierna juventud
te lo quiso Dios llevar.

Llevóte todo tu bien,
dexóte su desear,
porque mueras, porque penes,
sin dar fin a tu penar.

De tan penosa tristura
no te esperes consolar.

Juan del Encina









sábado, 22 de julio de 2017

3


Tres veces caigo. Tres veces salto. Tres veces tropiezo. Tres veces corro. Tres veces descanso. Tres veces sueño. Tres veces despierto. Tres veces como. Tres veces bebo. Tres veces miro. Tres veces oigo. 


Tres veces respira. Tres veces siente. Tres veces grita. Tres veces llora. Tres veces golpea. Tres veces sufre. Tres veces perdona. Tres veces canta. Tres veces ríe. Tres veces besa. 


Tres veces se ven. Tres veces se reflejan. Tres veces se oyen. Tres veces sienten. Tres veces creen.  Tres veces saben.



martes, 4 de julio de 2017

martes, 21 de marzo de 2017

domingo, 19 de marzo de 2017

La Soledad de las Bestias

 Las bestias corrían, saltaban, gritaban y morían. Ellas bebían el néctar de los árboles más jóvenes, y aún así no saciaban su sed. Escarbaban la tierra y rompían las piedras con sus propias manos. Sus dedos se quebraban y sangraban. Buscaban algo con desesperación bajo las rocas, algo perdido y olvidado. 

 Cientos de miles de bestias roían la tierra violentamente y sin limites. Las profundidades del mundo no invocaban al miedo, pues aquello que habían perdido era el último tesoro que podían contemplar. 

  Pero entre toda esa masa de brazos, piernas, cabezas y cuellos corvos, una luz emergió. Alguien había golpeado una rama de eucalipto seco contra una piedra cobriza, y el fuego se hizo presente ante estos seres amorfos y solitarios. 

 Durante mucho tiempo las bestias contemplaron las flamas. Quizás esos colores rojizos y anaranjados les recordaron la humanidad que habían aniquilado de su espíritu. Quizás volvieron a sus sueños los recuerdos de un hombre reinante sobre las bestias. Quizás recordaron a Prometeo. Quizás se vieron así mismos lejos del barro y la lluvia. 

 Pero el fuego avanzó sin control del hombre.  Las bestias solo sabían estar atónitas frente a su belleza, y se dejaron quemar, morir y consumir por las flamas.